Tras atravesar la muralla y descubrir los restos de la antigua Alcazaba, el espacio cambia.
Aquí ya no hay muros que se eleven ni torres que vigilen. Hay jardín.
Los Jardines de la Alcazaba ocupan el lugar donde estuvo el corazón defensivo de la ciudad. Un espacio que durante siglos fue estratégico y cerrado, y que hoy se abre como zona de paseo, descanso y descubrimiento.
Pero este no es un jardín cualquiera. Entre sus caminos se despliega una colección de cítricos que conecta directamente con la identidad de Palma del Río. Aquí se reúnen más de cuarenta variedades que representan tanto el presente como la historia agrícola de la comarca. Naranjas, mandarinas, limones o pomelos conviven en un espacio que funciona como un pequeño laboratorio vivo.
Este proyecto no solo busca embellecer el entorno, sino también explicar un paisaje. La Vega del Guadalquivir ha sido durante siglos un territorio ligado al cultivo de los cítricos, y especialmente de la naranja, uno de los motores económicos de la ciudad.
De hecho, esta relación viene de lejos. A comienzos del siglo XVI, desde Palma del Río se trasladaron naranjos hasta Granada para ser plantados en la Alhambra. Un gesto que habla del valor y la calidad de estos cultivos.
Cada árbol que ves aquí ha sido injertado cuidadosamente para representar una variedad concreta. Junto a ellos, pequeñas fichas permiten conocer sus características, su origen o su uso. El jardín se convierte así en un espacio donde pasear y aprender al mismo tiempo.
El contraste con lo que fue este lugar es evidente. Donde antes había control, hoy hay diversidad. Donde antes se defendía, hoy se cultiva.
Este punto del recorrido invita a hacer una pausa. A mirar, a oler, a reconocer que la historia de la Villa no solo se construye con piedra. También se cultiva.
El jardín no solo tiene un valor paisajístico. También habla de economía y de identidad.
La naranja ha sido uno de los principales motores económicos de Palma del Río durante siglos. Su cultivo forma parte de la base productiva de la comarca y ha marcado su desarrollo.
Convertir este espacio en una zona de interpretación de los cítricos es también una forma de poner en valor esa historia. No desde el edificio o el símbolo de poder tradicional, sino desde el territorio y su aprovechamiento.
Aquí el poder no se expresa en piedra, sino en cultivo, en conocimiento agrícola y en capacidad de adaptación.
Este lugar conecta la historia señorial con algo más amplio:
la gestión del territorio como forma de riqueza.
Los naranjos. Palma del Río está históricamente ligada al cultivo de cítricos. Incluso a comienzos del siglo XVI se llevaron naranjos desde aquí hasta Granada para plantarlos en la Alhambra.