La ruta comienza aquí, en la Puerta Norte, también conocida como Arquito Quemado, uno de los accesos históricos al recinto. Este punto no es casual: durante siglos fue una de las entradas controladas a la ciudad, un lugar de paso donde comenzaba -y terminaba- la vida dentro de la muralla.
En su origen, este espacio estuvo ocupado por una alcazaba o castillo de época almorávide, levantado en un punto estratégico: junto a un meandro del río Genil y cerca del paso natural hacia el Guadalquivir, por donde discurrían antiguas rutas como la calzada entre Écija y Mérida. Aquel primer recinto tenía forma pentagonal y estaba definido por cinco torres, de las que hoy apenas quedan restos, como la conocida Mesa de San Pedro.
Serían los almohades, a finales del siglo XII, quienes transformaron este espacio en una verdadera ciudad fortificada. Ampliaron el recinto, levantaron nuevos muros de tapial y reforzaron la defensa con numerosos torreones. La muralla que hoy se conserva pertenece en gran parte a ese momento: grandes lienzos de argamasa, sólidos, continuos, pensados para resistir.
El sistema defensivo se completaba con puertas en recodo, una técnica que obligaba a quien entraba a girar, dificultando el acceso directo. Al norte, donde nos encontramo, se situaba la Puerta de la Barca o Arquito Quemado, que en época cristiana se transformó en un espacio singular: una capilla dedicada a la Virgen de las Angustias, integrada dentro de la propia estructura defensiva.
Al este, la Puerta del Sol, reformada en el siglo XV, se abrió para facilitar el tránsito de personas y mercancías, reflejando ya una ciudad más abierta y menos militarizada.
Con el tiempo, el recinto dejó de ser solo defensa para convertirse en límite urbano. Dentro quedaba la Villa: el poder, la religión, la vida cotidiana. Fuera, el territorio.
Este paseo recorre precisamente ese interior. A veces caminarás junto a la muralla, casi rozándola. Otras veces, sin darte cuenta, estarás atravesando lo que un día fue frontera. Porque aquí, más que en ningún otro lugar, la historia no se mira: se camina.
Con el paso del tiempo, la función del recinto amurallado cambió. Lo que había sido un espacio defensivo comenzó a convertirse en un lugar de representación del poder.
Tras la conquista cristiana y, especialmente, a partir del siglo XIV, Palma del Río pasó a manos señoriales. La Villa dejó de depender directamente de la Corona y pasó a estar controlada por linajes como los Bocanegra y, más tarde, los Portocarrero.
Dentro de la muralla se concentraba ese poder. No era casual: vivir dentro significaba pertenecer al núcleo político, económico y social de la ciudad.
Las antiguas puertas, pensadas para defender, comenzaron a transformarse. La Puerta del Sol, por ejemplo, se abrió en el siglo XV para facilitar el tránsito, reflejando una ciudad más activa comercialmente y menos cerrada.
La muralla dejó de ser solo un límite físico para convertirse también en un límite simbólico:
dentro, la autoridad; fuera, el territorio.
Este espacio marca el inicio de un recorrido que, a medida que avanza, mostrará cómo ese poder se materializa en palacios, edificios y decisiones que dieron forma a la Villa.
Los grandes lienzos de tapial: una técnica andalusí que compactaba tierra, cal y grava en moldes de madera para crear muros sólidos y resistentes.
Buscad tres elementos que os parezcan pensados para proteger la ciudad: un muro grueso, una torre, una puerta, una esquina, una altura… Después elegid cuál sería el más importante para defender la Villa.