Para llegar hasta aquí hay que hacer algo importante: atravesar la muralla y entrar en el interior del recinto. Ese gesto, que hoy es sencillo, era en otro tiempo un privilegio controlado. Y una vez dentro, este era uno de los espacios más importantes de toda la Villa: la Alcazaba.
Hoy cuesta imaginar cómo sería en el pasado. Lo que se conserva son restos, trazas en el suelo, fragmentos. Pero aquí se levantó una fortaleza islámica, probablemente de época almorávide, que constituía el núcleo defensivo y estratégico de la ciudad.
La Alcazaba estaba formada por varios torreones unidos por murallas, configurando un espacio cerrado y protegido. Entre ellos destacaba uno de mayor tamaño, la conocida Mesa de San Pedro, una torre albarrana que reforzaba la defensa desde el exterior.
Su posición no era casual. El flanco oeste daba directamente al río Genil, que actuaba como un foso natural, añadiendo una capa más de protección. Además, existía una apertura hacia el río que probablemente funcionó como embarcadero y punto de control del agua, clave para la vida y la economía.
Este lugar no solo defendía la ciudad. Controlaba el territorio, vigilaba rutas y aseguraba un punto estratégico entre el interior y el valle del Guadalquivir.
Con el paso del tiempo, y especialmente tras la conquista cristiana en el siglo XIII, la función militar fue perdiendo protagonismo. La fortaleza se transformó, se adaptó y, en parte, se desdibujó. Más adelante, el espacio acabaría integrándose en una lógica más residencial y señorial.
Hoy, la Alcazaba ya no se levanta en altura. Pero sigue estando aquí. Si miras al suelo, podrás reconocer la base de los antiguos torreones. Son huellas discretas, pero suficientes para entender la escala y el trazado original.
Este es uno de esos lugares donde hay que hacer un pequeño esfuerzo: imaginar lo que ya no se ve.
A diferencia de otros puntos del recorrido, la Alcazaba no se convierte directamente en un espacio religioso, pero sí forma parte de un proceso más amplio de transformación del paisaje urbano.
Tras la conquista cristiana, el centro de la vida espiritual se desplaza hacia iglesias, conventos y capillas dentro del recinto. Mientras tanto, espacios como este, vinculados a la defensa, van perdiendo protagonismo en la vida cotidiana.
Sin embargo, su presencia sigue siendo importante.
La Alcazaba forma parte del escenario donde se desarrolla la nueva ciudad cristiana, delimitando y condicionando el espacio en el que se construyen los lugares de culto.
Este punto ayuda a entender que no todos los espacios se transforman de la misma manera. Algunos, como la Capilla de las Angustias, cambian de función. Otros, como la Alcazaba, cambian de significado.
Los grandes lienzos de tapial: una técnica andalusí que compactaba tierra, cal y grava en moldes de madera para crear muros sólidos y resistentes.
Este lugar casi ha desaparecido… pero sigue estando.
Mira el espacio con calma: ¿qué pistas te ayudan a imaginar la fortaleza? ¿Te resulta fácil o difícil reconstruirla mentalmente? No toda la historia está en pie. Parte de ella hay que completarla