Tras atravesar la muralla y descubrir los restos de la antigua Alcazaba, el espacio cambia.
Acabas de bordear el Convento de Santa Clara por la calle Ríoseco y el recorrido llega a un pequeño espacio abierto: la Fuentecilla de los Frailes. Puede parecer una plaza más, pero en realidad es un punto clave. Aquí comienza algo distinto.
Uno de los elementos más interesantes del recorrido es la recuperación del acceso al adarve, el camino superior de la muralla por donde antiguamente se desplazaban quienes defendían la ciudad. A través de una nueva escalera, este espacio vuelve a conectarse con su función original: permitir recorrer la muralla desde arriba.
Subir al adarve es cambiar de perspectiva. Desde aquí, la muralla deja de ser un límite para convertirse en un recorrido. Se entiende mejor su trazado, su continuidad y su relación con la ciudad. A un lado, el interior de la Villa; al otro, el territorio exterior. Dos realidades que durante siglos estuvieron claramente separadas.
Este punto no solo tiene un valor funcional, sino también simbólico.
Durante mucho tiempo, la muralla fue un elemento inaccesible, visto desde abajo. Hoy, la posibilidad de recorrerla permite releer la ciudad desde su propio sistema defensivo.
Además, este espacio recupera y activa un entorno que había quedado en segundo plano. La pequeña plaza funciona ahora como antesala del recorrido, como lugar de pausa antes de subir.
Muy cerca, el trazado de la calle Ríoseco recuerda que por aquí discurría antiguamente el río Genil, añadiendo otra capa de lectura al lugar: la del paisaje que ha cambiado con el tiempo.
Este punto invita a hacer algo sencillo pero poco habitual:
mirar la ciudad desde donde antes se vigilaba.
Y entender que, a veces, para comprender un lugar…
hay que cambiar de altura.
El adarve permite entender la muralla como lo que realmente fue: una infraestructura activa.
Desde aquí se controlaban accesos, se vigilaban movimientos y se organizaba la defensa. No era solo un muro, sino un sistema en funcionamiento, recorrido constantemente.
La posibilidad de subir hoy recupera esa lógica.
Permite leer la muralla desde dentro, desde su uso, no solo desde su imagen exterior.
Este punto convierte al visitante en algo más que observador:
le sitúa en el lugar de quien vigilaba.
Los naranjos. Palma del Río está históricamente ligada al cultivo de cítricos. Incluso a comienzos del siglo XVI se llevaron naranjos desde aquí hasta Granada para plantarlos en la Alhambra.
Este lugar casi ha desaparecido… pero sigue estando.
Mira el espacio con calma: ¿qué pistas te ayudan a imaginar la fortaleza? ¿Te resulta fácil o difícil reconstruirla mentalmente?
No toda la historia está en pie. Parte de ella hay que completarla